Todas las empresas llevan su contabilidad para cumplir con la Sunat, que tiene normas para maximizar la recaudación y que aseguran que todos calculen sus impuestos de igual manera. El problema está en que estas reglas no permiten reflejar de manera precisa la real situación de la empresa. Gestionar el negocio utilizando esa contabilidad es un riesgo. Y es que las diferencias entre la contabilidad fiscal y la de gestión pueden ser dramáticas.

Aquí algunos ejemplos (de una lista larga):

Los activos fijos figuran a valores históricos que suelen estar bastante alejados de los valores de mercado.

La depreciación real de los activos suele ser diferente a la exigida por la Sunat. Usualmente los activos duran bastante más de lo que se asume para el cálculo de la depreciación.

El activo corriente no siempre es de corto plazo o no siempre se convertirá en efectivo antes de un año. Los inventarios de seguridad son activos permanentes y no corrientes.

El pagaré de 90 días que se renueva permanentemente no es un pasivo corriente, es un pasivo permanente.

Lo que se invierte en capacitación o en investigación y desarrollo tendrá impacto en el futuro, por lo tanto son activos que se amortizan en el tiempo y no son un gasto.

Los activos menores siguen siendo activos; no son gastos.

Pueden haber activos no utilizados en el negocio (activos no operativos). Estos deberían estar identificados y separados para que no distorsionen los ratios de desempeño.

Algunos accionistas financian la operación con préstamos que deben considerarse como patrimonio; no como pasivos.

Los sueldos de la gerencia pueden ser o muy altos o muy bajos. Los costos laborales deben registrarse a precios de mercado.

¿Ya tiene su empresa las dos contabilidades?

Autor : Martín Reaño