El déficit público necesita ser corregido y, cambiando el enfoque, puede desarrollarse otra alternativa a la situación de recortes y restricciones. Esto es, trabajar en la causa que origina tal situación: mejorar la competitividad.

En los últimos días hemos sido testigos de un conjunto de actuaciones dirigidas a reducir el gasto público con la finalidad de controlar el déficit. Ajustes en las pensiones, restricciones al endeudamiento de las entidades locales, o reducciones salariales de los empleados del sector público son algunas de estas medidas. No cabe duda de la necesidad de corrección del déficit público. Por un lado, nuestros socios europeos exigen a España un déficit máximo del 3% sobre el PIB para 2013. Por otro, un elevado déficit aumenta la deuda pública, y con ello, el riesgo de la deuda y su coste, como bien refleja la calificación de la deuda pública; es decir, a mayor déficit, mayor deuda y más cara.

Ante esta realidad, me pregunto si existe una alternativa a la situación de recortes y restricciones. Para encontrarla, es preciso observar el escenario desde otro punto de vista, mirar hacia otro lado, y precisamente en este cambio de enfoque se vislumbra la balanza comercial como alternativa. ¿Qué relación existe entre la balanza comercial y el déficit público en una economía?, o ¿cómo podría la balanza comercial solucionar el problema de déficit y deuda pública? Son varios los argumentos que relacionan el déficit del sector público y la balanza comercial, o la situación de las cuentas públicas de una economía y su apertura al exterior.

Desde un enfoque macroeconómico, el déficit exterior no es sino la suma del déficit del sector público y del sector privado. Por lo tanto, un superávit en la balanza comercial compensa los desequilibrios en el sector público, y viceversa, una economía que compra más de lo que vende presenta un desequilibrio que se refleja en distintas variables macroeconómicas. En concreto, hace unos años se hablaba de déficits gemelos o twin déficit para expresar la relación entre el déficit del sector público y el de la balanza de pagos. Hoy se incluye al sector privado en esta relación, ya que el déficit exterior puede proceder del sector público o del sector privado, y se podría por tanto hablar de “déficits trillizos“.

Desde un enfoque microeconómico, sólo existe un mercado, el global, y las empresas deben ser competitivas en este mercado. Muchas empresas internacionalizadas afirman que de no haber seguido esta estrategia, habrían tenido que reajustar su tamaño o incluso habrían desaparecido. De hecho, una empresa que opera en diferentes mercados aguanta mejor las crisis económicas. Una economía es competitiva si sus empresas lo son, y la capacidad de competir en este mercado global determina la competitividad de muchas empresas. Por tanto, las empresas globalizadas son más competitivas, y esta realidad tiene su reflejo en las cuentas del sector público. Por otro lado, ya sabemos cómo la extinción de una empresa o la reducción de su tamaño inciden sobre el gasto público, sobre el déficit, y lo que es más importante, sobre la calidad de vida de sus ciudadanos.

En síntesis, la reducción del gasto público es una medida de ajuste que se plantea cuando disminuyen los ingresos fiscales, o el gasto ha aumentado. Esta situación es la consecuencia de un problema de falta de competitividad en una economía, que se observa claramente en la balanza comercial. Al igual que en la economía familiar, ante una situación de desempleo, reducimos los gastos, el nivel de vida, para adaptarnos a esta realidad. Sin embargo, esta reducción es sólo un efecto del problema, y para cambiar la situación debemos trabajar sobre la causa que la origina.

En el caso de una economía familiar, obtener un empleo o crear nuestro propio puesto de trabajo. A nivel agregado, en el caso de una economía, mejorar la competitividad. Las recetas para conseguirlo no han variado: emprendizaje, creatividad, y reformas que nos permitan ser más competitivos, y en definitiva, enfocar nuestro modelo productivo hacia la exportación.

Dicho de otro modo, “o exportamos o malvivimos” como diría el profesor Antón Costas. La economía española ha sufrido durante años déficits en la balanza comercial, sin realizar las reformas oportunas. Se están paliando los síntomas, pero no se está tratando la enfermedad. Las soluciones cortoplacistas son necesarias, pero carecen de sentido si no se acompañan de estratagemas estructurales que ataquen los orígenes de la crisis. No basta con sobrevivir, hay que encarar el problema.

En definitiva, es momento no sólo de reducir gasto público sino de hacer frente a la causa que lo origina. Y es que ya lo decía mi padre, “el que de joven no trotea, de viejo galopea”.

Autor: 

Amaya Erro Garcés
Doctora en Economía
Equipo directivo de la Cámara Navarra